Por Fin es Oro

Era tan previsible el oro de España que, horas antes de la final, cuando en el Spodek se ensayaba la entrega de premios -¡con el polaco Gortat como MVP!-, se anunció el himno del equipo campeón y sonó el nuestro. A eso de las once, todo eso era real. El recital ante Serbia daba a España el primer oro europeo de su historia y cerraba tres años de fábula que dejaron otra plata continental, una olímpica y un oro mundial. Nunca disfrutamos tanto. Nunca fuimos tan altos.

Si poníamos datos sobre la balanza, ésta se inclinaba del lado rival. Por ejemplo: siempre que Ivkovic había dirigido a Serbia (o Yugoslavia) en un Eurobasket (3), se proclamó campe siempre que España llegó a la final de un Europeo (6), la perdi la generación de Teodosic, Tepic o Macvan sumaba 18 oros y ninguna plata en campeonatos internacionales Para qué seguir. Pero esos eran simplemente números y de lo que hablábamos en los últimos días era de “sensaciones”. Bastaron dos cuartos para confirmar que España había recobrado su mejor versión. En cuatro minutos ya doblábamos a Serbia (15-7) y Scariolo decidió que Raúl supliera a Ricky. Era tal el desgaste defensivo que había que rotar. Con el 24-12 ningún titular seguía en pista. Y todo funcionaba. El 4/7 en triples era el mejor reflejo de la frescura en el juego. Corríamos, Ricky ‘desnudaba’ a Teodosic y Pau jugaba con Krstic al gato y al ratón.

Espejismo.

Serbia sólo se acercó gracias a Brazauskas, Voreadis y Bachar, que pitaron cinco faltas a nuestra Selección en 1:09. Fue sólo un espejismo, porque un alley-oop de Pau hizo que la fiesta siguiera. Con 34-20, Scariolo recuperó a su quinteto titular. Fueron los mejores minutos de Ricky, cuya sombra seguían al detalle los scouts NBA. Se le nota cuando está a gusto, en la fuerza del bote, en cómo marca las jugadas.

Con él al frente llegamos al 52-29 del descanso, que sentenciaba la final y hacía flaco favor a las audiencias televisivas, sin final de infarto. Los dos últimos cuartos sirvieron para que todos, desde Rudy a Reyes o a Cabezas, se unieran al baile y los 1.500 aficionados españoles presentes en el Spodek cantaran a coro. Con el alley-oop final entre los debutantes Llull y Claver como guinda. Como ya ocurrió en cuartos, ante Francia, o en semifinales, ante Grecia, el talento de España no tenía defensa posible. No hacía falta ascender hasta la mayor diferencia en la final de un Europeo (+31, en el URSS-Checoslovaquia de 1985); bastaba con regalar el mejor baloncesto posible y disfrutar de la gesta. Ya tenemos el ansiado oro. Y el placer de haber visto jugar al mejor Dream Team de nuestra historia.

Fuente: http://www.as.com

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